Muelle 1888: una historia que sigue viva
Llegamos en el tradicional bus azul, de esos con el diseño característico del transporte intermunicipal en el que se monta “la gente de pueblo”. Entre otras cosas, es económico, y uno se relaja viendo el paisaje antes de llegar al destino.
Al bajarnos del vehículo, nos aprovisionamos de agua y mecatos para el recorrido, ya que el sol nos recibió con los brazos abiertos y su peculiar resplandor sobre la playa costera. Al llegar al muelle, la familia comenzó a arreglarse para posar en las primeras fotos.
Teníamos una sensación de expectativa: cada lugar que veíamos merecía ser capturado con una selfi. Desde el ancla que está a la entrada del centro gastronómico, hasta tomando un café o un raspao durante el recorrido. Lo importante era vivir la experiencia de estar en este icónico lugar por donde ingresaron al país muchos de nuestros ancestros, y en el que todavía se respira ese encuentro vibrante de culturas, idiomas y ambiente cosmopolita.
Hay que reconocer el impulso que esta nueva cara le ha dado al departamento, incentivando el comercio y las rutas turísticas. Hay detalles por mejorar: el transporte público, los horarios para retornar a Barranquilla, los baños públicos y el mantenimiento de la infraestructura. Sin embargo, si uno se anima a ir, es totalmente recomendable. Vale la pena.
La visita terminó con un contrato, una mamita quería fotografiar a su hija, una joven estudiante del SENA que quería lucir su vestido de baño nuevo, se me acercó y acordamos que al caer la tarde haríamos el registro de las imágenes con la niña. Las fotos quedaron de película. A mi familia le tocó esperarme mientras hacía la sesión fotográfica. A eso de las siete de la noche ya estábamos de regreso a la ciudad. Regresar es volver a recordar nuestro pasado.
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