El día que dos cristianos se batieron por el título mundial en el ring

Por Jairo Molina

Era primavera en el país del norte. Viernes 19 de abril de 1991. Atlantic City, Estados Unidos. El escenario: el Trump Plaza Hotel Casino. Dos hombres, unidos por una misma fe, se disponían a disputar el campeonato mundial unificado de los pesos pesados (AMB, CMB y FIB).

En una esquina, el campeón: Evander Holyfield, joven, disciplinado, casi ascético en su estilo de vida, un 'padawan' del cristianismo. En la otra, el retador: George Foreman 'Big George', leyenda viva del boxeo, predicador y hombre renacido, que había regresado al ring años atrás no solo para recuperar la gloria, el título de campeón, sino también para reconstruir su vida.

Aquel combate, bautizado como The Battle of the Ages, no era una pelea más. Era un choque generacional, una historia de resistencia contra juventud, de experiencia contra velocidad. Doce asaltos. Dos colosos. Cerca de veinte mil personas en las gradas, divididas entre el clamor de ¡George! y ¡Holyfield!. Cada golpe levantaba a la multitud; cada asalto era una prueba de carácter.

Y quienes estábamos del otro lado de la pantalla —en salas modestas, con televisores pequeños y señal entrecortada— vivimos esa noche como si estuviéramos ahí, sintiendo cada impacto, cada respiro, cada segundo de incertidumbre, también nos levantávamos del asiento.

Foreman, que había vuelto al boxeo en 1987 tras una década alejado del deporte, no solo peleaba contra un rival más mozalbete. Peleaba contra el tiempo, contra su propio pasado y contra las malas decisiones que lo habían llevado a perder gran parte de su fortuna. Pero ahí estaba, firme, resistiendo, demostrando que la fe también puede tener su segunda oportunidad.

Holyfield, por su parte, no solo defendía sus cinturones. Defendía su lugar en la historia, con técnica, disciplina y una convicción inquebrantable de un chicho que había salido del gueto para buscar su hora, su momento. 

Ese día, 'Big George', no ganó, pero, recuperó el respeto y admiración de todos. Cuatro años después, el 5 de noviembre de 1994 en Las Vegas, volvería a intentar, aunque ya no ante Holyfield, porque Michael Moorer lo había despojado del título el 22 de abril de ese mismo año. 

En el décimo asalto, un derechazo demoledor de Foreman cambió la historia: Moorer cayó, y el viejo campeón volvió a la cima del mundo, como queriendo decir con este triunfo: "todavía estoy vivo".

Hace unos días, Netflix incluyó en su catálogo la película Big George Foreman, una cinta que recorre la vida del excampeón desde sus orígenes difíciles hasta su redención personal y deportiva. Al verla, inevitablemente regresé a aquella noche de 1991. A ese combate que muchos recordamos no solo por lo deportivo, sino por lo humano.

Porque el boxeo, en noches como esa, deja de ser solo un deporte. Se convierte en relato. En símbolo. En espejo. En inspiración.

George Foreman falleció el 21 de marzo de 2025, a los 76 años, dejando una huella imborrable dentro y fuera del ring. Su historia —como bien lo muestra la película— es la de un hombre que cayó, se reconstruyó y volvió a levantarse cuando pocos creían posible hacerlo.

Las nuevas generaciones harían bien en acercarse a esta historia. No solo por la nostalgia o por el espectáculo, sino por lo que representa: que nunca es tarde para empezar de nuevo, que la fe puede sostener incluso en los momentos más difíciles y que, a veces, las batallas más importantes no se libran contra un rival, sino dentro de uno mismo.

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